5)  Al poco tiempo, ella dormitaba. Aproveché para observarla. Sus cabellos oscuros estaban cortados al estilo que yo llamo japonés. Rectos sobre la frente y conteniendo al óvalo de la cara en una especie de rectángulo. Sus facciones eran suaves y pacíficas, nada de esos mentones voluntariosos, o esas arrugas que denotan obstinación. En nuestra sociedad se alaba mucho esta característica. Pero a mí no me gusta. Hasta me molesta ver en la televisión a un grupo de atletas dejándose los pulmones por una décima de segundo. Han convertido el deporte en algo antideportivo. El deporte es un medio, no un fin. Esta sociedad interesada y finalista.

Pero era mejor olvidar a ese mundo obstinado que siempre se sale con la suya hasta su propia autodestrucción. 

Mi mirada, como si la acariciara, resbaló sobre el resto del cuerpo. Por lo que se veía, los pechos eran pequeños. Un generoso escote dejaba ver el nacimiento. Quizás fueran como a mí me gustaban, pequeños, altos, como medios limones. 

Los muslos debían ser muy fuertes, por el volumen que se adivinaba bajo la falda. Los pies ni grandes ni pequeños; pero más bien debía ser alta. 

Me pregunté si no podría aprovecharme, de una forma ingenua. Cogerla por los tobillos y extenderla sobre el asiento, para que descansara. Así podría levantar las piernas un poco más de lo necesario y dejar que alguna parte de su anatomía satisficiera mi curiosidad. Pero renuncié. Seguro que metería la pata. Y eso es lo que yo, precisamente, no quería meter. 

Mejor dejar que cada cual descanse a su gusto. 

Yo, por el contrario, sí me extendí sobre el asiento. Cerré los ojos y me planteé ofrecerle espacio en el reservado que había alquilado. Siempre reservaba las dos literas, para evitar compañías ingratas. Era casi una obligación, no podía irme yo solo y dejarla allí. Tendría que aclararle la bondad de mis intenciones. 

Recordé las reglas de urbanidad al respecto, aunque a veces hay que cambiarlas por otras más lógicas. 

La oscuridad de la tarde apenas permitía visibilidad alguna, pero no quería despertarla encendiendo la luz. Así que esperé. 

Por fin oí su voz: 

--¿He dormido mucho? 

--Hora y media, más o menos... 

--Haberme despertado. 

--¿Por qué? 

--Así, a oscuras. 

--Viene bien descansar la vista--; incierto, a veces la oscuridad molesta a los ojos. Pero ¿qué iba a responder? 

Fue ella quien se levantó y encendió. Luego, de pie se abrazó a sí misma.

--Que mal cuerpo... 

--¿Desea que tomemos algo?

--Nooo, es muy caro. 

--Una vez al año. 

--No, no. Tiene Vd. malas costumbres. El aburrimiento no puede ser el director de nuestros caprichos. 

Reí: 

--Esa reflexión va en la línea de que el ocio es padre de todos los vicios, a algo así.

--Cierto... 

--¿Cree de verdad que existen los vicios?

--Son un lugar común. 

--Yo estoy más de acuerdo con Oscar Wilde: no hay peor vicio que la castidad.

--Todo con equilibrio. 

¿Equilibrio, mi joven amiga? Si la existencia es un puro desequilibrio.

--Según cómo se mire. 

--Bueno, en ese caso me da la razón. Yo lo miro y veo así. 

--Es un libre pensador. 

--No, la verdad es que mi cultura y mi capacidad son  muy limitadas, pero me choca una época en la que muchos jóvenes quieren llegar vírgenes al matrimonio. ¿Lo creé también?

--No, eso no. No veo en el placer ningún vicio. Lo que ocurre es que las mujeres no entendemos el placer por el placer. 

--Las mujeres en muchos sentidos son esclavas culturales. 

--¿Qué dice? 

--Cierto, y no pretendo ofender su género. Pero son radicalmente conservadoras. 

--¿En qué se basa? 

--Debe ser el instinto de maternidad, que provoca un enfoque familiar, excluyente. 

--¿Excluyentes las mujeres? Puede ser, no somos muy solidarias entre nosotras.

--Ni con los demás. 

--No veo... 

--Piense esto: si hubiera una guerra ¿Qué habría que salvar, a la nación o a su hijo? 

Sonrió y me miró escrutadoramente: 

--Tramposo. 

--No, es una realidad. No le hable a una madre de deberes colectivos, de visión general, de anteponer el destino general al de su hijo. Iba a decir al propio, pero no, al de su hijo expresamente. No sé si con el marido sería tan empecinada. 

--Es que un hijo debe ser mucho. 

--Lo es, o lo será, pero los demás hijos también tienen madre. Y no hay causa razonable que justifique que los demás sí han defender la hacienda y su hijo no. 

--La vida no es tan aritmética-dijo, sentándose y cruzando las piernas. 

Que maravilloso misterio ese que produce un muslo cruzado abriendo un estrecho e inaccesible cause hacia lo deseado. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

--En eso tiene razón-convine--; he tarda decenios en comprenderlo. Creo que me ha costado la felicidad, si es que se puede llegar a ella. 

Me miró casi compasivamente: 

--Se le ve muy solo. 

--No lo crea. Soy muy afortunado. Míreme, en un tren de turismo a los cincuenta años, sin faltarme prácticamente nada. 

--Quizás el amor. 

Miré hacia la ventanilla. No se veía el exterior sino un compartimento gemelo, donde dos extraños casi gesticulaban. 

--Siempre he visto el amor como una complicación-dije. 

--Me defrauda. 

No pude evitar una sonrisa: 

--Es decir, carezco de alma... 

No se creerá, pero inmediatamente me dije. "Pero tengo una polla increíble que te partiría en dos". Que bárbaro, pensé, sin el menor cargo, porque la verdad es que aquel tipo de argumento me exasperaba. Sería al final una mujercita más.

--Puede haber causas no espurias. 

--Cuáles. 

--Mire, ¿imagina que a mi edad no habré ido con más de tres mujeres por mí mismo? 

--¿Por sí mismo? No entiendo. 

--Sí, habré estado con más de mil mujeres, pero nunca podré saber si sintieron lo más mínimo por mí. Gemían, me miraban dulcemente, me decían que conmigo distinto, pero antes habían cobrado. 

--Un poco triste ¿no? 

--No completamente. No concibo una institución que pretenda que sólo se puede conocer a una mujer. Por otra parte ¿cómo conocer a mil mujeres por amor? Y más cruel sería enamorar jóvenes para echarlas sobre el sofá y luego abandonarlas. 

Hundió la cabeza en el pecho. Estaba perdiendo el contacto con aquella nueva conocida. Pero era incapaz de mostrarme de otra forma. Porque hacerlo significa algo similar a tenderle una rosa, que a su vez es querer llegar a su corazón, y la mujer no entiende de otra cosa sino de amor... propio. Porque esa es otra cuestión ¿qué implica de verdad el amor? 

Mauriac, creo recordar, dice que la mejor forma de mantener el amor es cultivando la incertidumbre. Sea un golfo y le amarán todas las mujeres; que le vean bueno y no le respetará nadie, y quizás especialmente las mujeres. 

La observé como quien lo hace con una niña. 

Al rato exclamé: 

--¡No se habrá enfadado por mis opiniones. Recuerde: Vae la libertad! ¿No es el grito de los modernos?

--Lo imaginé de otra forma. 

Teatralmente abrí desmesuradamente los ojos. 

--Ah, mi buena amiga ¿qué había imaginado? ¿Un poeta solitario con el corazón partido, tal como dice ese cretino.

--¿No le gusta Alejandro Saiz, o Saenz, o como sea...? 

--En absoluto. 

--A mí tampoco. 

--Es un llorón. 

--Exacto, eso mismo digo yo... Y canta como zapatilla vieja.

Se echó a reír. 

Yo aproveché: 

--Por cierto, tengo que hacerle una proposición deshonesta, como dicen nuestros queridos y puritanos anglosajones. 

--¿Una proposición deshonesta? ¿No pretenderá echarme sobre el asiento? 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 --Bueno, esa es otra historia. Lo que yo desee es algo tan alejado de la realidad que no cabe ni planteárselo. Pero va en el mismo sentido: dormir. 

--¿Y? 

--¿Quiere dormir conmigo? 

Se puso sería: 

--¿Pero que dice? 

Me salió mi risa de viejo: 

--No se asuste. ¿Sabe que es muy asustona? 

--Pues llevo desde los diecinueve danzando sola. 

--Eso es cierto. 

--¿Qué me propone?--; era evidente, de cualquier forma, había despertado su curiosidad. 

--Verá, siempre que viajo así, para descansar de mi eterna siesta, reservo un departamento de cama litera completo. Yo dentro de poco me acostaré. ¿Desea ocupar la cama libre?

--Y pensando así, tal como lo hace ¿puedo fiarme? 

--¿Me imagina en paños menores asaltándola de madrugada? 

--Pues eso. Aparte de que tomo cosas para dormir. Caigo como un tronco, sin el menor deseo hacia las cosas de este mundo. No hay amor más placentero que el homosexual con Morfeo. Me abrazo a mí mismo y me poseo a mí mismo. Hasta la mañana siguiente. 

--Es Vd. un todo un señorito. 

--Bueno, luego carezco de cosas que otros tienen. No tengo coche, móvil, hijos, mujer, hipoteca, no me gasto una burrada impresentable en cacerías, visto modestamente, tengo un apartamento de treinta metros escasos, es decir, tres veces menor que el de cualquiera... Así que casi soy un Buda. ¿Qué es un par de literas? 

--Aceptaré muy complacida siempre que no sea una trampa.

--No se preocupe. Temo a la ley; soy incapaz de tomar por la fuerza lo que me niegan y duda que en esa situación pudiera llegar remotamente a una erección. ¿No ve que soy un viejo? 

--No, no lo veo. 

--Es muy amable. Pero el tiempo es el tiempo.

--El reloj biológico y el cronológico no marcan igual.