El otro día, una periodista cuestionaba en la televisión la normalidad del fetichismo. Petendía presentarse como la regla frente a la excepción. Incluso buscaba algo turbio en lo que no es más que imaginación y fantasía. Sin embargo, su posición, a pesar de los convencionalismos y de la hipocresía, no es mayoritaria. Si lo fuera ¿de dónde toda esa inmensa industria de la lencería? Las mujeres seguirían llevando bragas grandes y funcionales como velas, y los encajes y transparencias no existirían. Pero al contrario de lo que ella sostenía, pretendiendo ser la ideología oficial del sexo, la ropa interior de las mujeres  cada vez cobra mayor importancia, según se progresa en amplitud de miras. Ya no basta con ver simples cuerpos desnudos, expuestos a las miradas, ¿Se podría catalogar la colonia como el aroma exclusivo y desechar el de los perfumes más elaborados? Una mujer desnuda con las piernas abiertas ya no nos dice demasiado. Preferimos ese juego previo que desata nuestra imaginación. Ese ver no con los ojos, sino con la mente. Además, quienes reprochan estos juegos sexuales son precisamente quienes los han provocado. ¿No recordamos acaso el ansia del adolescente (cada vez menos adolescente) por descubrir en un descuido la entepierna de una mujer? ¿Hemos olvidado ese afán por espiar desde las escaleras las ascensión de una compañera, rogando porque durante un instante se inclinara descuidadamente y nos mostrara sus bragas? Precisamente han sido las prohibiciones las que han desatado nuestra imaginación y ha dejado una huella indelebre e insaciable. ¿No son acaso más excitantes las fotos de abajo que la pornografía más evidente? ¿Quién puede establecer qué es lo normal? Nada es normal. ¿Es normal tener que meter el pene en una vagina? Lo es tan poco que la naturaleza tuvo que inventar precisamente el deseo, la libido, para que nuestra pereza no acabara con la especie. Y las prendas de vestir, destinadas realmente a ser retiradas lentamente, han sido inventadas para estimular indirectamente esa función procreadora.  ¿Cómo limitar  el sexo a un simple mete saca? Absurdo lo que se pretende como normalidad. Sin embargo, una plaza de toros llena, sí es normalidad y salud mental.

Upskirt

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