
Menos artísticas que esas visiones de pintores "geniales" (sin ironía), estas fotos seguramente resultan más gratificantes, en cuanto que son próximas a lo posible, a la realidad, porque ¿quién no ha tenido ocasión de ver en un descuido las braguitas de una amiga, de una empleada, de una profesora? En la propia playa, si lo tomáramos con suficiente aplicación, podremos encontrar lo que buscamos, la insinuación del sexo, que es la antesala del paraiso de los descreidos. ¿No es mucho más interesante esa señorita vestida de negro, en cuclillas, mostrando la cara interna de sus muslos y el nacimiento de sus nalgas? ¿Que decir de esa prenda negra que se arrebuja entre sus carnes? Es tan vívida la imagen que imaginamos todo: aroma, tacto, hasta reacciones...
¿Y qué decir de la joven rosa, de podeosos muslos cruzados, que cruza y descruza hasta enseñarnos sus pequeñas bragas, que apenas le cubren su jugosa y depilada vulva?
¿O la joven vestida de rojo, que se abraza las piernas y nos muestra una vulva acunada entre dos hermosos muslos, semejantes a otra mayor, que la enmarcan?
Todo esto, pinturas, poses incitantes, fotos completamente explícitas hay que combinarlo para acelerar y desacelerar el deseo y obtener la sensación deseada. Cultivar el deseo es un arte. Si se abandona, puede perderse completamente, ya se sabe: la necesidad crea el órgano
Porque es mentira eso que han dicho los médicos de una universidad famosa sobre que la relación sexual se puede ventilar suficientemente en cinco minutos. Seguramente que son agentes del puritanismo, tan pagados como los diseñadores de la falda pantalón.
Para tener un buen día sexual habría que levantarse temprano. Prepararse previamente con una buena sesión de fotos; salir a la calle, buscar la línea de autobús o metro más concurrida y esperar a que la suerte nos elija, es decir, que por fin, un culo cándido y respingón, por motivo de la presión de los usuarios, que suben sin parar y no bajan, no tenga más remedio que aplastarse contra nuestro púbis, seguramente casi armado ya.
Después, por la tarde, una cafetería de esas tan concurridas, donde los cruces y descruces de piernas reestimulen nuestra libido algo cansada de tanta sensación.
No soy aficionado al flamenco, pero otra cosa es el baile. Un buen tablao, de esos que están a un par de metros sobre el suelo, y unos muslos fuertes y dorados mostrándonos lo que pueden hacer, artísticamente hablando.
Recuerdo uno en el que a una de las bailarinas las bragas se le habían metido completamente entre los gruesos labios del coño. Que arte, que visión. A las demás les había ocurrido lo mismo, pero en el culo, lo cual no es igual.
El sudor que provocaba el esfuerzo de su arte, y que empapaba la prenda; la belleza de aquellas formas brillantes; la sensualidad que emanaba de sus movimientos, porque ella se había dado cuenta de qué me interesaba verdaderamente; la ausencia de mojigatería, de forma que siguió bailando frente a mí sin ningún reparo ni postura forzada, todo en conjunción, fue algo que nunca olvidaré.
Y después, proseguir el itinerario y buscar a la desconocida. Eso es algo que desprecia o ignora el amor fiel: la necesidad de "conocer" desconocidas en medio de una oscuridad simbólica. De que nos sorprendan, de que nos gratifiquen con esa primera vez en la que todo, al contrario de lo que seguiría si se hiciera cotidiano, es amabilidad, coincidencias, gratas sorpresas, mutuas (¿y sinceras?) alabanzas.
Y todo ¿dónde, cómo comenzó? pues con un recalentón provocado por una fotografía en la que una famosa nos mostraba acuclillada sus bragas.
Ah, palabra mágica esta...















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