La frontera siempre provoca una extraña sensación. Recuerdo que de niño nos acercamos a la frontera con Francia. Parecía imposible traspasarla y poder vislumbrar aquel otro mundo desconocido, extraño, seguramente distinto y mejor en todo (más tarde comprobabas que no había para tanto).

O el espíritu de la frontera, que creo decían los norteamericanos, en esa mezcla que muestran de ex cow boys con revólver humeante (utilizado por la espalda la mayoría de las veces, que no todo fueron duelos al sol) y fantasmada epico-hollywoodiense, y cuya finalidad era despertar el espíritu de aventura en sus colonos para que así desalojaran a los incómodos indios (que pesados, querer quedarse en su habitat).

Pero en definitiva, la frontera siempre despierta espectativas. Actúa como un imán. Representa descubrir algo nuevo, distinto; porque cuando ya se conoce lo que hay al otro lado, deja de ser frontera y se convierte en otra cosa que ahora no viene al caso.

¿Y las fronteras en la mujer?  Que maravillosas fronteras se dibujan en todo su cuerpo. Está la frontera de esa línea que se dibuja el borde la camiseta, o de la falda cortísima, que oculta la parte superior de las bragas y  muestra dos pequeñas porciones de la prenda, casi perdidas en el culo,  y de las que se escapan rosadas y sabrosas porciones de carne .

O la frontera que marca por delante la misma camiseta, formando un pequeño bulto--triángulo que sobresale entre dos turgentes muslos; o más abajo, esa tierra que se extiende desde el borde de las medias hasta el nacimiento de las íngles, con algún vello púbico quizás escapándose.  

O arriba de todo, esa otra frontera triangular que se abre en el cuello y se cierra en el nacimiento de los pechos, los cuales apretujados entre sí dibujan una rajita vertical que nos recuerda a la que tienen entre las piernas.

O la frontera que se forma entre esos dos hermosos glúteos ceñidos por ajustadísimos vaqueros azules, como los de la imagne de abajo. ¿Imaginan el canal que se forma entre ellos y envuelve el púbis? Siempre he tenido deseos de follar con una mujer que llevara unos pantalones así. Pero no hay milagros, es imposible traspasarlos. 

Todas ellas son fronteras más bien infranqueables, que deseadas por los ojos, están  prohibidas a nuestras manos.  

Seguramente la verdadera virtualidad de la frontera es la de estar cerrada, porque cuando se abre, deja de serlo. Y como lo sabe, tiene propensión a ponerse difícil.

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Frontera a punto de abrise...